Rayuela, 50 años

logoDesde 1963 la Rayuela dejó de ser simplemente un juego de niños para ser sinónimo de vanguardia literaria. En ese año, Julio Cortázar editó Rayuela, donde la Maga y Oliveira juegan al amor, donde los personajes van de París a Buenos Aires y sobre todo, donde los lectores juegan a construir su propia novela, adaptándose o peleándose con el surrealismo, la poesía o lo fragmentario de la escritura cortazariana.

Los lectores de Rayuela debían elegir: saltearse páginas guiados por un “tablero de dirección” o la “forma corriente” que terminaba en el capítulo 56 con la palabra “Fin”.

La propuesta de una trama aleatoria en apariencia, un itinerario no lineal seleccionado por el lector disgustó a muchos y deslumbró a otros tantos.

Tal vez, por esa cuestión revolucionaria e imprecisa del azar, en los últimos tiempos ha surgido una confusión sobre la fecha exacta de publicación de la obra que, este año festeja cincuenta años de vida (diversos sitios de internet contribuyeron al malentendido: se sostuvo en diversos portales que Rayuela se publicó el 18 de febrero, cuando en realidad vio la luz 130 días después, el 28 de junio).

Sobre Rayuela y Cortázarcortazar_rayuela_tapa_alta

A continuación te presentamos dos fragmentos:

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua”. (Capítulo 7)

“Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias”. (Capítulo 68)

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