De como el Cid llegó a la República Checa

kynzvart_cid1Perdidos en los recovecos de la historia, una parte de los restos mortales de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, acabaron en la República Checa, concretamente en el palacio de Kynžvart. Así lo atestiguan las últimas investigaciones históricas.

Del Cid queda solo un fragmento de cráneo, y de su esposa, doña Jimena Díaz de las Asturias, apenas un pedazo de fémur. Sin embargo, su indentificación reviste una importancia no solo histórica sino incluso nacional.

El noble castellano Rodrigo Díaz de Vivar, que vivió durante el siglo XI, pasó a la historia gracias al poema épico ‘Cantar del Mío Cid’, en el que se recogen sus andanzas y que actualmente es considerado una obra clave de la literatura hispánica.

La figura del Cid, íntimamente ligada a la Reconquista, representa un símbolo, a veces polémico y politizado, de la españolidad.

El Cid murió en Valencia, ciudad que había conquistado a los musulmanes, pero tras su reconquista en 1102 sus restos fueron trasladados al monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos. Siglos más tarde, en 1808, durante la guerra de Independencia, las tropas francesas profanaron la tumba donde yacían el Cid y su mujer. Y ahí es donde el destino de las reliquias se desdobla. Una parte permaneció en España y tras muchas visicitudes acabó en 1921 en la catedral de Burgos, y otra fue a parar mucho más lejos, según nos explica Miloš Říha, administrador del palacio de Kynžvart.

 “En unos días unos artistas de París se enteraron de la profanación y decidieron trasladarse a Burgos para devolver la tumba a su estado original. Se trataba del barón Dominique-Vivant Denon, pintor y coleccionista, el pintor Benjamin Zix y el conde Louis-Joseph-Alexandre de Laborde, anticuario y escritor. Cuando repararon la tumba exhumaron los restos del Cid y su esposa, y por un motivo que no alcanzo a comprender, Laborde se los entregó al ministro de Relaciones Exteriores del Imperio Austriaco-húngaro, príncipe Klemens Wenzel von Metternich, para su colección de curiosidades, afirmó.

Todo se encuentra documentado mediante cartas en francés que prueban la procedencia de los restos, según indica Říha, y que demuestran que las reliquias pasaron primero por la villa de Metternich en Viena, antes de llegar a sus posesiones en Kynžvart.

Este palacio del oeste de Bohemia no es el único lugar fuera de España que reclama la posesión de restos mortales del caballero español. También dicen contar con ellos en Polonia, como detalla Říha.

 “En el Museo Nacional de Cracovia se encuentra una urna con cenizas del Cid y doña Jimena, obtenidas al parecer gracias a que en la toma de Burgos participaron soldados polacos. Sin embargo el Cid nunca fue incinerado. Se trata del polvo de la tumba, que alguien se llevó de recuerdo y apareció al final en Cracovia”, explicó.

La conexión del palacio de Kynžvart con la historia de España no termina con los restos del Cid. En su colección se halla por ejemplo el sudario en el que fue enterrado el infante don Carlos, así como otros objetos y documentos relacionados con el movimiento carlista. O un manuscrito, que parece ser original, de la obra de Lope de Vega ‘Comedia Famosa de la Reina María’.

Esta relación puede explicarse gracias a los lazos familiares que unen a los Metternich con la familia Real española, comenta Říha.

La madre del último de los Metternich fue Isabel de Santa Cruz y Carvajal, prima del rey de España. El rey Alfonso XIII visitó con frecuencia el palacio de Kynžvart, sobre todo durante la Guerra Civil Española. Vino bastantes veces a Checoslovaquia, unas siete u ocho, afirmó el administrador.

Según Říha, el Ministerio de Cultura checo ha barajado prestar las reliquias a España para su exposición, aunque la propuesta de momento no se ha llegado a materializar. En ningún momento se ha contemplado su devolución. Después de la II Guerra Mundial las posesiones de los Metternich, como las de otros checo-alemanes, fueron embargadas por el Estado. En la actualidad es un monumento nacional abierto al público.

El Cid es una figura conocida en Chequia desde mediados del siglo XIX, cuando empezaron a publicarse adaptaciones y refundiciones de la obra de Pere Abat. La primera traducción al checo de este cantar de gesta tuvo que esperar sin embargo hasta 1995. (Carlos Ferrer)

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